viernes, 9 de diciembre de 2011

Crítica de fotografía

Walking
Simone Stoll
Sala de Arte Contemporáneo
Santa Cruz de Tenerife



 
“Algo tiene que quedar”
Débora Madrid Brito


El transcurrir del tiempo determina nuestra concepción lineal de la vida, y por tanto, su asimilación metafórica con la idea de tránsito o camino resulta ciertamente recurrente. Simone Stoll nos propone situarnos como espectadores de ese tránsito a través de tres vídeos que nos ofrecen puntos de vista distintos de dicho recorrido: atravesando una playa, un desierto y un hall.

Walking beach muestra una mujer caminando por una playa de arena, que se aleja de la cámara hasta desaparecer en la lejanía: “La arena es pesada y se me pega a los pies a cada paso. Soy consciente de las huellas temporales que voy dejando atrás y, por un momento, me sumerjo en el agitado mar, con una fuerza que apenas alcanzo a comprender”. En Walking desert, la misma mujer camina entre los arbustos y las rocas hasta que se desvanece como absorbida por el desierto. El paso es firme, decidido; el destino parece definido e incuestionable. Sin embargo, “cada roca, cada espina de estos matorrales parece oponerse a mi presencia. No hay ninguna señal reconocible que pueda guiarme en esta tierra atemporal”. Finalmente Walking hall la presenta alejándose por un pasillo alfombrado, recorrido por una serie de puertas, todas cerradas. En este caso no desaparece al final del camino: se desvanece y reaparece al inicio del pasillo, se descalza las botas y recorre de nuevo la estancia. “Me entran ganas de quitarme estas pesadas botas que me han protegido durante tanto tiempo, siento la necesidad de una sensación palpable en este vestíbulo estéril, de estar en contacto con los pensamientos que revolotean en la frágil malla que se teje alrededor de mi cuerpo inquisitivo, mi vulnerable mente.”

 
SIMONE STOLL, Walking Hall


Tal y como se disponen los tres vídeos en la sala, parece existir un orden preciso de comprensión de las tres obras como conjunto, que se pueden leer individualmente como tres representaciones de ese transitar en soledad del ser humano por su propia existencia, ya sea en contacto con la naturaleza o dentro de un mundo artificial construido precisamente por el hombre; o que pueden ser interpretadas como un todo, una traducción de la existencia en tres partes diferenciadas: la infancia, la madurez y la vejez. La playa es el comienzo, la infancia, esa etapa que nos condiciona de por vida y de la cual siempre quedan huellas, como al caminar por la arena de la orilla. Transcurren los años y nos desvanecemos en las brumas de la juventud hasta pasar sin previo aviso de la soledad de la infancia a la soledad del desierto, la madurez a la que debemos enfrentarnos casi sin mirar atrás. Y aunque el futuro debiera estar más cerca, el camino se nos llena de rocas y parece que nada guía nuestros pasos, aunque estos son ahora más firmes que nunca, ya no se hunden los pies en la arena. Finalmente –parece proponer Simone Stoll–, nada queda por hacer. En el último vídeo, frente al paisaje natural de los anteriores, el escenario está construido, cerrado, limitado, tiene un final. Las botas se hacen pesadas e innecesarias en un suelo alfombrado, aflora el cansancio, y la mujer que camina ya no se difumina en el horizonte, sino que cae. Frente a la muerte física lo que adquiere relevancia es el pensamiento, la mente, que también es vulnerable y desaparece.

Sentada en la sala del Museo Municipal, lo que veo no son tres piezas de videoarte que alguien ha colocado allí, ajenas y aisladas por completo en el blanco del muro expositivo. Por el contrario, en las pantallas me contemplo a mí misma, caminando incesante, en busca de quién sabe qué, pero sin vacilación ni planteamiento de retorno. La posibilidad de una mirada hacia atrás no se nos muestra en Walking, pero sí en otro de los vídeos que Simone Stoll ha realizado en el último año titulado El camino, en el que una pareja de ancianos recorre lentamente el sendero de un bosque, pero esta vez de frente, desde el fondo hacia la cámara, de regreso.

Depositado casi fortuitamente en el mundo, en un tiempo y un espacio que parecen infinitos, el ser humano, poseedor de conciencia, se impone desde su propia mente un único punto de vista de su existencia, en este caso marcado por la posición fija de la cámara; y es a partir de esa perspectiva desde la que interpreta su tránsito, a pesar de los obstáculos, del ir una y otra vez por el mismo camino. Quizás merezca la pena hacerse mayor por el mero hecho de descubrir a través de la experiencia que, efectivamente, siempre estamos a tiempo de situar la cámara en otro punto de vista, de mirarnos por delante, de enfrentarnos.


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